“El final de la historia está inscrito en sus
comienzos, pues la historia –el hombre sujeto al tiempo- lleva los estigmas que
definen a la vez al tiempo y al hombre.”
Desequilibrio interrumpido, ser que no cesa de
dislocarse, el tiempo es en sí mismo un drama del que la historia representa el
episodio más destacado: ¿y qué es ésta sino también, en el fondo, un
desequilibrio, una rápida, una intensa dislocación del propio tiempo, un
apremio hacia un devenir donde ya nada deviene?
…El tiempo histórico es un tiempo tan tenso
que cuesta imaginar que no estalle. En
cada uno de sus instantes da la impresión de que está a punto de
quebrarse. Puede que el accidente ocurra
con más o menos rapidez de lo que esperamos.
Pero no cabe pensar que no ocurrirá.
Será sólo más tarde, después de que se haya producido, cuando los
beneficiarios, los que disfruten de la post-historia, sepan de qué estaba hecha
la historia. “Ya no habrá acontecimientos!”,
gritarán. Así, un capítulo, el más
curioso del desarrollo cósmico, se habrá cerrado.
Es evidente que tal grito sólo es concebible
gracias a un desastre imperfecto. Un
éxito rotundo conllevaría una simplificación radical, conllevaría el hecho de
la supresión del porvenir. Raras son las
catástrofes completas: eso debería tranquilizar a los impacientes, a los
febriles, a los aficionados a las ocasiones excepcionales, pese a que en este
caso la resignación sea obligada…” EM CIORAN- DESGARRADURA
En Todo es rojo, tenemos la
oportunidad de asomarnos a ese desastre imperfecto, hasta donde se sabe. Pues no se sabe si habrá o no
posteridad. Y es frente a esta situación
límite que empiezan a caer una a una las preguntas.
¿Qué ocurre con la naturaleza humana cuando sabe que ha llegado el
final? No sabemos si es el final de la
vida, pero sí de la vida tal como la conocíamos. ¿En qué podemos transformarnos si, por azar,
sobrevivimos temporalmente a un desastre de esas dimensiones? Y en esa transformación ¿qué queda de nuestra
historia, de nuestra memoria, hasta dónde puede llegar la pulsión de vida,
hasta dónde las transgresiones?
La obertura del relato está marcada en la voz de una mujer la que, desde
muy lejos, da la noticia. “Empezó, están
soltando bombas nucleares”. No es
cualquier mujer la que lo anuncia desde Europa, es la mujer de Alberto, el
protagonista de esta historia; luego se pierde la voz, todas las voces, y
comienza el derrumbe. Las comunicaciones
se han cortado, ya no hay contacto, no hay electricidad, no hay manera de
llegar a los otros por las vías seguras de la red o los celulares.
Sólo un momento de desesperación, Alberto se ha quedado solo. Está en Chile, como corresponsal de México,
no tiene contactos y se prepara para la destrucción completa mirando con el interés
de un taxidermista, como escindido de la propia realidad, desde su balcón en el
piso 16 de un edificio en el barrio El Golf.
Hace días que se esperaba lo
anunciado, pero sabemos bien que, en la espera, es fácil negar lo que se
aproxima. El ser humano tiene la virtud
de dilatar el tiempo, hacer como que nada pasa, soñar con permanecer en la
espera. Alberto ha pasado esos días
anestesiando los pensamientos: trabajando menos, viendo porno en la red,
mirando desde su propio refugio, como una gruta segura, cómo los demás han continuado
con sus vidas: trabajan, salen a las calles a pasear, conversan.
Y él, desde el piso 16, espera la llegada del caos, con excitación y
miedo, como si hubiera estado preparándose para este momento toda la vida. Pero nada ocurre, y el primer temblor que lo
acerca al abismo de la disolución es el silencio inesperado de las calles,
de las voces y los ruidos que conoce.
No hay soledad más honda que la del silencio. El silencio es el otro ruido, es el contacto
con esa dimensión de la vida que late permanentemente junto a cada uno pero que
nos entrenamos para no oír. El silencio
nos recuerda abiertamente a la muerte, a la que arrastramos junto a nosotros
desde el primer momento.
Y en este otro silencio el rumor de la mente se hace más
ostensible. Alberto ha acumulado agua
durante días, hace mucho frío en Santiago, pero se ha estado preparando. No desea verse sobrepasado, sus pensamientos
comienzan a agobiarlo, y los apaga leyendo.
Deshecha cualquier pensamiento que lo haga sentir vulnerable. Deja los recuerdos a un lado, su infancia, la
soledad, su mujer, la separación con todo aquello que ha amado. Alberto es un gran solitario, está
se-pa-ra-do. Como quien orbita un núcleo
sin jamás tener la posibilidad de tocarlo.
De pronto: el estallido. Hay
indigentes caminando por las calles de un barrio alto hasta entonces
intocable. Comienzan los saqueos de las
tiendas, hay gentes entrando en las casas, atacando y robando, y se van borrando
los límites. Un último anuncio, “Chile
está bien preparado, nos preocuparemos de cuidar los bienes de cada uno”. Aparecen patrullas militares intentando
restablecer el orden. “Otra vez son
ellos los que ocupan las calles de la ciudad”, piensa Alberto. Se llevan a algunas personas a un lugar más
seguro. Eligen a quienes llevar,
naturalmente ancianos y enfermos se quedan abajo, comienzan los forcejeos. Muchos no quieren ir y se organizan para
vigilar sus pertenencias. Vigilantes y
militares se enfrentan. La gente común está
armada. El odio tan largamente guardado
entre unos y otros va encontrando un cauce.
La calle se vuelve un campo de batalla, hay incendios que tiñen el cielo
de humo y cambian su color, cambian el carácter de la realidad. Y él, Alberto,
como un ojo marcado en el cielo, ve todo con sumo interés. Decide quedarse, no debe confiar en los
militares. Cuando pase un poco el caos
buscará un lugar más seguro, pero no debe salir de su departamento. Eso hasta que tocan su puerta. Es Maximiliano Copper Larraín, un joven del
mismo barrio que ha subido los 16 pisos para pedir ayuda. Sólo en ese departamento había un poco de luz
(A. había prendido una vela para poder leer).
Le pide auxilio, han invadido su casa, atacaron a sus padres, los
mataron, se llevaron a su hermana.
Max está en estado de shock.
Alberto siente el malestar de tener que acogerlo, pero lo hace. Max es todo lo que él siempre ha despreciado,
un niño “bien”, de familia conservadora, que no ha tenido más que una vida
fácil y llena de lujos. Un privilegiado, su antítesis. Finalmente lo acompaña a su casa y ahí ve, de
primera mano, la destrucción. Por
primera vez toca la crueldad que se ha desatado, el derrumbe moral casi
inmediato después de las detonaciones, y está atrapado. Aparece con claridad ese odio que ha estado
recluido bajo el orden aparente del desarrollo social. Aparece la ferocidad. Aparecen
las heridas abiertas de un Chile al que ya no le sirve mentirse: es el fin del
mundo tal y como lo conocemos. Alberto
ya no es un observador (o un voyerista), ha pasado a ser parte del caos. Recibe golpes, todos desconfían de él, es
extranjero. Ni siquiera parece mexicano;
“mis padres son extranjeros”, explica, como si fuera un personaje que al no
tener un origen claro fuera aún más sospechoso.
Max no puede defenderlo. Y
entonces se desata el vértigo, el ritmo trastornado al que se verá
enfrentado para poder sobrevivir.
Comienzan a caer, como en una cascada interminable, los hitos que lo
pondrán a él y a sus compañeros de ruta en situaciones que desafían la razón.
Huyen. Así comienza un periplo
desquiciado en que los dos hombres buscarán una manera de sobrevivir. Deciden ir al sur a refugiarse y, en el
camino, encuentran a Valentina. Una
mujer argentina, joven, que está siendo atacada por varios hombres y que se
defiende con una fuerza inusitada; la rescatan y la suman a su viaje. Los tres y Tsunami, un perro que también
recogen en el camino, recorrerán el caos, encontrándose a su paso con
situaciones imposibles y seres disociados.
Se enfrentarán a grupos humanos aunados por el miedo y dispuestos a lo
que sea por sobrevivir. Y ellos mismos entrarán
en el ámbito del terror y de la fascinación de la supervivencia. Moverán sus propios límites éticos en pro de
vivir. Cada vez que se ven acorralados ellos
atacan. Hay sangre, hay heridas
abiertas, hay olor a carne que se descompone, y el cielo está cada vez más
rojo. Pierden el temor, el horror que
provoca matar al otro. No hay tiempo
para culpas, están rodeados. Hay seres
que no se sabe si por contaminación o por trauma, se han convertido en
verdaderos caníbales, están en todas partes, actúan en masa y como animales, con
la mirada perdida. Y otra vez, el otro
ruido. No hay nada más sensible en los
seres humanos que el oído. Y es sólo
mediante ese rumor, ese arrastrarse sin voz, como un zumbido de sombras, que
ellos logran saber que se acercan los “otros”.
Y, en el vértigo de la fuga, los tres van haciendo vínculo. Hay una nueva lealtad que los une. Se cuidan, se resguardan. Cuando están cansados a veces bajan la
guardia y dejan salir algo de sus propias heridas, van conociéndose.
Pero Alberto es un solitario. Él
mismo ha tomado el control del grupo, él los protege, él los guía y esto
también lo aleja de algo que añora desde siempre: el verdadero encuentro en el
otro. Como si su propio cuerpo oscilara
entre la creciente necesidad de vincularse afectiva y físicamente y la de
preservarse a sí mismo.
Se abre una interesante dualidad en el relato. Por un lado está el ritmo de la historia cada
vez más voraz, que va envolviendo al lector hasta no soltarlo más. Un recorrido por el país que tanto conocemos,
en destrucción. La ruta tantas veces
trazadas, lo familiar y lo inesperado.
Por otro lado está el carácter sólido de Alberto, siempre alerta pero
nunca fuera de sí. Alberto posee una
postura frente al mundo, es un guerrero, y tiene la capacidad de ampliar los
límites de su propia ética para hacer que sus decisiones entren en su ley. Siempre y cuando toda acción tenga para él un
sentido mayor. Se da cuenta de que es
capaz de asesinar a “los otros”, pero siente que no hay alternativa, está en el
acantilado de la supervivencia. Y sus
amigos dependen de él. Es capaz hasta de
arriesgar su propia vida por los que protege.
Y ahí está el sentido. Siente
culpa, pero la calla. Siente, al mismo
tiempo, una profunda compasión: esa es su propia herida. Soledad y compasión. Y el impulso feroz de ser parte del
mundo. Un mundo que lo ha exiliado desde
pequeño, que no le ha dado un lugar al que volver, un origen.
Está en el borde de la vida. Sus
amigos también lo están y crece en él, en silencio y desenfrenada, una enorme
pulsión sexual. Cuando se está ante la
muerte el instinto sexual ata a la vida.
Es el único espacio que conocemos en el que hay un instante, aunque sea
muy breve y fugaz, en que se pierde el miedo, se pierde el control y nos es
permitido olvidar, descansar. Es el
espacio en que la brutalidad, el extravío y la ternura pueden convivir: los
extremos de la vida logran anudarse y tener un sentido que supera cualquier
acto racional.
Valentina se transforma en el objeto de deseo. Y, otra vez la dualidad, él debe
protegerla. Él es el centinela, por
decisión propia, pero también por la mirada ajena, ése es su rol. Y, si hay algo con lo que no transa, es con la
traición.
Y va creciendo la necesidad, el impulso, la mirada fugaz. Y está Max, quien también busca aquel espacio
en Valentina. Se vuelven competidores
silenciosos y, al mismo tiempo, leales.
En un mundo en el que todo está derrumbándose los tres personajes se verán
enfrentados no sólo al horror de encontrarse con lo inesperado, la perplejidad
ante una repentina nueva realidad, sino también con la metamorfosis que se va
operando en cada uno de ellos, las nuevas criaturas que emergen desde ellos
mismos. Se enfrentan, al mismo tiempo, al resguardo de sus propias historias y
de la lealtad que los va acercando y que les hará entrar profundo en la
memoria, confrontándolos con sus propios parámetros éticos y buscando en esta
nueva alianza, una nueva dimensión en la que creer.
Todo es rojo es una novela que nos sitúa en
un estado límite. Lo bello es que al
leerla ese estado ya no parece tan lejano, ni tan irracional.