lunes, 24 de marzo de 2014
viernes, 21 de marzo de 2014
Todo entre zombis y humanos
Ricardo Pascoe Pierce
Publicado en El Excélsior el 14/30/2014
Publicado en El Excélsior el 14/30/2014
El miércoles recién pasado se presentó, en Santiago de
Chile, la novela apocalíptica de Andrés Pascoe bajo este título: Todo es rojo.
Digo “apocalíptica” pues, a pesar de lo dicho por la casa editorial, en el
sentido de que era una novela sobre zombis, una lectura cuidadosa del texto
revela que versa más sobre etapas de crisis de la vida de la humanidad, más que
estrictamente sobre la existencia y actuación de zombis en nuestro medio.
¿Zombis en nuestro medio? ¿Es creíble una novela sobre
zombis? Me hice la misma pregunta. Me contestaron que hay una cierta moda
literaria que tiene que ver con zombis o, si me apuran, los “muertos
vivientes”. Puede ser cierto,
obviamente, pero ¿qué significado puede tener para la sociedad actual la
aparición de un género literario que habla de seres que viven en una suerte de
limbo entre la vida “en definitiva” y la muerte “en definitiva”? ¿Qué nos dice
ese género de la sociedad actual?
Los presentadores abordaron los temas del libro con gran
fuerza y direccionalidad. Siendo chilenos todos ellos, me resultó interesante
ver el texto a través de esa mirada: la del chileno/a después de los avatares
de una sociedad que vivió la descomposición de su vida, economía y política en
sus múltiples etapas y fases con el golpe de Estado de Pinochet en aquel
aparentemente remoto y casi olvidado 1973. Descubrí, escuchando a los
comentaristas, que la experiencia subjetiva del golpe no solamente no es
remota, sino que incluso se encuentra extraordinariamente presente. Ni siquiera
me refiero a la experiencia misma del golpe, de su violencia, destrucción e
imposición, sino a la experiencia más profunda de encontrarse, como individuos
y como sociedad, ante el espectro de la destrucción del orden establecido y de
trasladarse, repentinamente, al territorio de lo desconocido, de lo fracturado,
de lo irracional, donde el orden y los símbolos perdieron su sentido. Es más,
nada tenía sentido excepto la existencia misma, propia, privada,
individualizada. Sobrevivientes es la palabra que se me quedó grabada en la
cabeza: sobrevivieron al apocalipsis. Y vivieron (o sobrevivieron) en un mundo
sin lógica, sin orden, sin explicación aparente.
Así que no pudo sorprender a nadie de que, al calor del
análisis de una novela anunciada como un texto zombi, terminara en una
conversación acerca de la destrucción del Estado y el vivir dentro del espectro
de la fatalidad. Y ese vivir en el cuerpo del abismo es lo que determina que la
existencia misma adquiera un carácter inquietante, fugaz e incierto. En
términos subjetivos, el golpe de Estado chileno dejó su huella en la conciencia
de la sociedad: vivir en el abismo se convirtió en un hábito y, en particular,
en una forma de vida.
El mundo zombi es uno en el cual se vive una suerte de
“muerte en vida”. Es un mundo intermedio entre la vida y la muerte, cuando todo
ha perdido su sentido, y ese sinsentido no se transforma en un nuevo sentido.
Es un mundo en el que la violencia, destrucción, sexo y depravación son,
simplemente, lógicas en sí mismas, sin referentes éticos reconocibles y
sancionados por la sociedad. Todo es catástrofe y como seres humanos vivimos al
borde de él permanentemente. La desaparición del Estado genera las condiciones
que avalan la aparición de zombis, que son, finalmente, una respuesta al
fracaso de la humanidad en su búsqueda por un orden continuado que puede
permitir el alcance de los propósitos individuales o de grupo.
Cada uno de los personajes del libro tiene una explicación y
razón de ser en ese entramado. La sobrevivencia es, por supuesto, un objetivo
inmediato. Pero otro objetivo refiere a la lucha por entender si el simple
hecho de existir tiene algún significado en sí mismo, o si las razones de la
existencia no tienen explicación o justificación alguna, más allá de un biologismo
funcional, y la futilidad de su búsqueda refuerza la zozobra de la existencia.
Zombis que habitan un “alter-mundo”, que se debate entre el
orden y el caos, entre la vida y la muerte. En ese sentido, son expresión cabal
de la lucha de la humanidad por encontrar su lugar en el universo. Un lugar
que, por cierto, aún no ha encontrado y, si seguimos los dictados de John
Milton en su Paraíso perdido, probablemente nunca encontrará.
El autor de la novela remató su presentación con una frase
que es, simbólicamente, un grito de esperanza ante el desasosiego: “Pocas cosas
son más revolucionarias que ser generosos…”
ricardopascoe@hotmail.com
@rpascoep
jueves, 13 de marzo de 2014
Comentario de Paula Carrasco, novelista, a la novela
“El final de la historia está inscrito en sus
comienzos, pues la historia –el hombre sujeto al tiempo- lleva los estigmas que
definen a la vez al tiempo y al hombre.”
Desequilibrio interrumpido, ser que no cesa de
dislocarse, el tiempo es en sí mismo un drama del que la historia representa el
episodio más destacado: ¿y qué es ésta sino también, en el fondo, un
desequilibrio, una rápida, una intensa dislocación del propio tiempo, un
apremio hacia un devenir donde ya nada deviene?
…El tiempo histórico es un tiempo tan tenso
que cuesta imaginar que no estalle. En
cada uno de sus instantes da la impresión de que está a punto de
quebrarse. Puede que el accidente ocurra
con más o menos rapidez de lo que esperamos.
Pero no cabe pensar que no ocurrirá.
Será sólo más tarde, después de que se haya producido, cuando los
beneficiarios, los que disfruten de la post-historia, sepan de qué estaba hecha
la historia. “Ya no habrá acontecimientos!”,
gritarán. Así, un capítulo, el más
curioso del desarrollo cósmico, se habrá cerrado.
Es evidente que tal grito sólo es concebible
gracias a un desastre imperfecto. Un
éxito rotundo conllevaría una simplificación radical, conllevaría el hecho de
la supresión del porvenir. Raras son las
catástrofes completas: eso debería tranquilizar a los impacientes, a los
febriles, a los aficionados a las ocasiones excepcionales, pese a que en este
caso la resignación sea obligada…” EM CIORAN- DESGARRADURA
En Todo es rojo, tenemos la
oportunidad de asomarnos a ese desastre imperfecto, hasta donde se sabe. Pues no se sabe si habrá o no
posteridad. Y es frente a esta situación
límite que empiezan a caer una a una las preguntas.
¿Qué ocurre con la naturaleza humana cuando sabe que ha llegado el
final? No sabemos si es el final de la
vida, pero sí de la vida tal como la conocíamos. ¿En qué podemos transformarnos si, por azar,
sobrevivimos temporalmente a un desastre de esas dimensiones? Y en esa transformación ¿qué queda de nuestra
historia, de nuestra memoria, hasta dónde puede llegar la pulsión de vida,
hasta dónde las transgresiones?
La obertura del relato está marcada en la voz de una mujer la que, desde
muy lejos, da la noticia. “Empezó, están
soltando bombas nucleares”. No es
cualquier mujer la que lo anuncia desde Europa, es la mujer de Alberto, el
protagonista de esta historia; luego se pierde la voz, todas las voces, y
comienza el derrumbe. Las comunicaciones
se han cortado, ya no hay contacto, no hay electricidad, no hay manera de
llegar a los otros por las vías seguras de la red o los celulares.
Sólo un momento de desesperación, Alberto se ha quedado solo. Está en Chile, como corresponsal de México,
no tiene contactos y se prepara para la destrucción completa mirando con el interés
de un taxidermista, como escindido de la propia realidad, desde su balcón en el
piso 16 de un edificio en el barrio El Golf.
Hace días que se esperaba lo
anunciado, pero sabemos bien que, en la espera, es fácil negar lo que se
aproxima. El ser humano tiene la virtud
de dilatar el tiempo, hacer como que nada pasa, soñar con permanecer en la
espera. Alberto ha pasado esos días
anestesiando los pensamientos: trabajando menos, viendo porno en la red,
mirando desde su propio refugio, como una gruta segura, cómo los demás han continuado
con sus vidas: trabajan, salen a las calles a pasear, conversan.
Y él, desde el piso 16, espera la llegada del caos, con excitación y
miedo, como si hubiera estado preparándose para este momento toda la vida. Pero nada ocurre, y el primer temblor que lo
acerca al abismo de la disolución es el silencio inesperado de las calles,
de las voces y los ruidos que conoce.
No hay soledad más honda que la del silencio. El silencio es el otro ruido, es el contacto
con esa dimensión de la vida que late permanentemente junto a cada uno pero que
nos entrenamos para no oír. El silencio
nos recuerda abiertamente a la muerte, a la que arrastramos junto a nosotros
desde el primer momento.
Y en este otro silencio el rumor de la mente se hace más
ostensible. Alberto ha acumulado agua
durante días, hace mucho frío en Santiago, pero se ha estado preparando. No desea verse sobrepasado, sus pensamientos
comienzan a agobiarlo, y los apaga leyendo.
Deshecha cualquier pensamiento que lo haga sentir vulnerable. Deja los recuerdos a un lado, su infancia, la
soledad, su mujer, la separación con todo aquello que ha amado. Alberto es un gran solitario, está
se-pa-ra-do. Como quien orbita un núcleo
sin jamás tener la posibilidad de tocarlo.
De pronto: el estallido. Hay
indigentes caminando por las calles de un barrio alto hasta entonces
intocable. Comienzan los saqueos de las
tiendas, hay gentes entrando en las casas, atacando y robando, y se van borrando
los límites. Un último anuncio, “Chile
está bien preparado, nos preocuparemos de cuidar los bienes de cada uno”. Aparecen patrullas militares intentando
restablecer el orden. “Otra vez son
ellos los que ocupan las calles de la ciudad”, piensa Alberto. Se llevan a algunas personas a un lugar más
seguro. Eligen a quienes llevar,
naturalmente ancianos y enfermos se quedan abajo, comienzan los forcejeos. Muchos no quieren ir y se organizan para
vigilar sus pertenencias. Vigilantes y
militares se enfrentan. La gente común está
armada. El odio tan largamente guardado
entre unos y otros va encontrando un cauce.
La calle se vuelve un campo de batalla, hay incendios que tiñen el cielo
de humo y cambian su color, cambian el carácter de la realidad. Y él, Alberto,
como un ojo marcado en el cielo, ve todo con sumo interés. Decide quedarse, no debe confiar en los
militares. Cuando pase un poco el caos
buscará un lugar más seguro, pero no debe salir de su departamento. Eso hasta que tocan su puerta. Es Maximiliano Copper Larraín, un joven del
mismo barrio que ha subido los 16 pisos para pedir ayuda. Sólo en ese departamento había un poco de luz
(A. había prendido una vela para poder leer).
Le pide auxilio, han invadido su casa, atacaron a sus padres, los
mataron, se llevaron a su hermana.
Max está en estado de shock.
Alberto siente el malestar de tener que acogerlo, pero lo hace. Max es todo lo que él siempre ha despreciado,
un niño “bien”, de familia conservadora, que no ha tenido más que una vida
fácil y llena de lujos. Un privilegiado, su antítesis. Finalmente lo acompaña a su casa y ahí ve, de
primera mano, la destrucción. Por
primera vez toca la crueldad que se ha desatado, el derrumbe moral casi
inmediato después de las detonaciones, y está atrapado. Aparece con claridad ese odio que ha estado
recluido bajo el orden aparente del desarrollo social. Aparece la ferocidad. Aparecen
las heridas abiertas de un Chile al que ya no le sirve mentirse: es el fin del
mundo tal y como lo conocemos. Alberto
ya no es un observador (o un voyerista), ha pasado a ser parte del caos. Recibe golpes, todos desconfían de él, es
extranjero. Ni siquiera parece mexicano;
“mis padres son extranjeros”, explica, como si fuera un personaje que al no
tener un origen claro fuera aún más sospechoso.
Max no puede defenderlo. Y
entonces se desata el vértigo, el ritmo trastornado al que se verá
enfrentado para poder sobrevivir.
Comienzan a caer, como en una cascada interminable, los hitos que lo
pondrán a él y a sus compañeros de ruta en situaciones que desafían la razón.
Huyen. Así comienza un periplo
desquiciado en que los dos hombres buscarán una manera de sobrevivir. Deciden ir al sur a refugiarse y, en el
camino, encuentran a Valentina. Una
mujer argentina, joven, que está siendo atacada por varios hombres y que se
defiende con una fuerza inusitada; la rescatan y la suman a su viaje. Los tres y Tsunami, un perro que también
recogen en el camino, recorrerán el caos, encontrándose a su paso con
situaciones imposibles y seres disociados.
Se enfrentarán a grupos humanos aunados por el miedo y dispuestos a lo
que sea por sobrevivir. Y ellos mismos entrarán
en el ámbito del terror y de la fascinación de la supervivencia. Moverán sus propios límites éticos en pro de
vivir. Cada vez que se ven acorralados ellos
atacan. Hay sangre, hay heridas
abiertas, hay olor a carne que se descompone, y el cielo está cada vez más
rojo. Pierden el temor, el horror que
provoca matar al otro. No hay tiempo
para culpas, están rodeados. Hay seres
que no se sabe si por contaminación o por trauma, se han convertido en
verdaderos caníbales, están en todas partes, actúan en masa y como animales, con
la mirada perdida. Y otra vez, el otro
ruido. No hay nada más sensible en los
seres humanos que el oído. Y es sólo
mediante ese rumor, ese arrastrarse sin voz, como un zumbido de sombras, que
ellos logran saber que se acercan los “otros”.
Y, en el vértigo de la fuga, los tres van haciendo vínculo. Hay una nueva lealtad que los une. Se cuidan, se resguardan. Cuando están cansados a veces bajan la
guardia y dejan salir algo de sus propias heridas, van conociéndose.
Pero Alberto es un solitario. Él
mismo ha tomado el control del grupo, él los protege, él los guía y esto
también lo aleja de algo que añora desde siempre: el verdadero encuentro en el
otro. Como si su propio cuerpo oscilara
entre la creciente necesidad de vincularse afectiva y físicamente y la de
preservarse a sí mismo.
Se abre una interesante dualidad en el relato. Por un lado está el ritmo de la historia cada
vez más voraz, que va envolviendo al lector hasta no soltarlo más. Un recorrido por el país que tanto conocemos,
en destrucción. La ruta tantas veces
trazadas, lo familiar y lo inesperado.
Por otro lado está el carácter sólido de Alberto, siempre alerta pero
nunca fuera de sí. Alberto posee una
postura frente al mundo, es un guerrero, y tiene la capacidad de ampliar los
límites de su propia ética para hacer que sus decisiones entren en su ley. Siempre y cuando toda acción tenga para él un
sentido mayor. Se da cuenta de que es
capaz de asesinar a “los otros”, pero siente que no hay alternativa, está en el
acantilado de la supervivencia. Y sus
amigos dependen de él. Es capaz hasta de
arriesgar su propia vida por los que protege.
Y ahí está el sentido. Siente
culpa, pero la calla. Siente, al mismo
tiempo, una profunda compasión: esa es su propia herida. Soledad y compasión. Y el impulso feroz de ser parte del
mundo. Un mundo que lo ha exiliado desde
pequeño, que no le ha dado un lugar al que volver, un origen.
Está en el borde de la vida. Sus
amigos también lo están y crece en él, en silencio y desenfrenada, una enorme
pulsión sexual. Cuando se está ante la
muerte el instinto sexual ata a la vida.
Es el único espacio que conocemos en el que hay un instante, aunque sea
muy breve y fugaz, en que se pierde el miedo, se pierde el control y nos es
permitido olvidar, descansar. Es el
espacio en que la brutalidad, el extravío y la ternura pueden convivir: los
extremos de la vida logran anudarse y tener un sentido que supera cualquier
acto racional.
Valentina se transforma en el objeto de deseo. Y, otra vez la dualidad, él debe
protegerla. Él es el centinela, por
decisión propia, pero también por la mirada ajena, ése es su rol. Y, si hay algo con lo que no transa, es con la
traición.
Y va creciendo la necesidad, el impulso, la mirada fugaz. Y está Max, quien también busca aquel espacio
en Valentina. Se vuelven competidores
silenciosos y, al mismo tiempo, leales.
En un mundo en el que todo está derrumbándose los tres personajes se verán
enfrentados no sólo al horror de encontrarse con lo inesperado, la perplejidad
ante una repentina nueva realidad, sino también con la metamorfosis que se va
operando en cada uno de ellos, las nuevas criaturas que emergen desde ellos
mismos. Se enfrentan, al mismo tiempo, al resguardo de sus propias historias y
de la lealtad que los va acercando y que les hará entrar profundo en la
memoria, confrontándolos con sus propios parámetros éticos y buscando en esta
nueva alianza, una nueva dimensión en la que creer.
Todo es rojo es una novela que nos sitúa en
un estado límite. Lo bello es que al
leerla ese estado ya no parece tan lejano, ni tan irracional.
Mensaje del autor

Hay tres temas
fundamentales que quiero abordar:
Durante todo este
proceso ha sido muy divertido decir “estoy escribiendo o por publicar una
novela” y la gente te mira feliz y dice “¡Qué bien! ¿De qué se trata?” y
esperan que digas “Sobre un chico que conoce a una chica, o el conflicto
existencial de un torturador, o algo así, y nada es más divertido que decir ‘de
zombies’ y ver su expresión mientras piensan ‘no digas que es ridículo, no
digas que es ridículo’”
¿Pero por qué los muertos
vivientes? Primero que nada, deben saber que estoy metido en este tema desde
mucho antes de que fuera una moda. Hoy todo el mundo sabe algo de zombies
gracias a series de televisión y algunas películas, pero hasta hace unos años
este tema era realmente muy oscuro. Quizá no lo saben, pero lo que ven hoy es
un refrito de un refrito de un refrito.
Pero no por eso
está mal: son historias que siguen funcionando.
Pero lo más
importante es que las historias de zombies, las mejores al menos, NO son de
zombies.
Son de las personas
confrontando una situación extrema y hablan de cómo eso nos desnuda, nos obliga
a enfrentar el miedo y saca nuestra verdadera naturaleza.
No me cabe duda que
hay algo muy especial este monstruo, y que se repite en toda la ficción, casi
como un mantra: los humanos son peores. Por eso son una materia tan próspera
para la metáfora.
Las amenazas
existen, y la amenaza de ser arrollados por un río de seres que han dejado de
pensar, que han abandonado su humanidad, tiene algo de tangible.
Creo que los
muertos vivientes, sin que necesariamente en mi novela sean seres salidos de la
tumba, que no lo son -son más bien turbas que han perdido la cabeza-, son una
metáfora que sirve para hablar de muchas cosas, desde el consumismo al fascismo,
desde las adicciones hasta las religiones. Hablan de un gran grupo que ha
dejado de pensar.
Eso, sin duda,
existe.

En segundo lugar,
quiero hablar sobre cómo funciona la ficción.
La estructuración
narrativa, contar una historia, demanda de un proceso técnico real. Uno se
tiene qué preguntar si lo que está escribiendo hace algo por o contra la narrativa.
En mi caso, dos
elementos me parecen clave: primero, la heterodiscursividad.
Una narrativa como
esta exige la existencia articulada de varias voces disonantes en todos
sentidos que deben funcionar de forma verosímil y fluida.
Heterodiscursividad
implica una interacción no precisa o solamente de personajes, sino de tonos
conceptuales que, si no encuentran su dinámica común difícilmente funcionará.
El uso de tres
acentos y vocabularios es una buena herramienta en ese sentido, porque acentúa
la diferencia. Tener un mexicano, una argentina y un chileno es eficaz
para dotar a la narrativa de una diversidad sonora que le da nota y fuerza a la
historia misma.
Con todo lo que nos
une, los latinoamericanos somos, antes que nada, de nuestro país; fuimos
formados por una serie de conceptos histórico-patrióticos que nos dan
identidades muy diferentes.
Así, la heterodiscursividad
del texto es un esfuerzo por armonizar de forma efectiva estas voces distintas,
desde muchos niveles, para que fluyan en una historia verosímil.
Lo segundo es lo
que llamo la administración de los detalles.
Nunca he sido
particularmente fan de las novelas que detallan milimétricamente una escena;
creo que es más efectivo en la operatividad de la ficción dar detalles que
iluminen – por así decirlo – al lector, que activen imágenes en su cabeza, sin
necesariamente darle un cuadro pintado.
Leer es activo y
demanda ese trabajo del lector.
Me gusta el ejemplo
de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, en que el protagonista vaga por la playa
buscando sobrevivientes y se encuentra dos zapatos que NO son un par.
Es un detalle, pero
nos dice que han muerto ambos portadores de los zapatos.
Es una imagen
nítida para mí, aunque Dafoe no describe el color de cada uno de los zapatos ni
nos dice qué es lo que los hace diferentes.
Cuando hablas de
sangre y de violencia muy explícita, es muy truculento el uso de
detalles.
Cuando hablamos de
cómo se devora una víctima viva, quiero que vean el ojo siendo arrancado, el
corazón morir.
Eso exige detalle,
porque no quiero que lo censuren en su cabeza; pero quiero dejar espacio a que
lo llenen con sus propios charcos de sangre porque eso es aún más
siniestro.
Con el sexo
igual. Es difícil escribir una escena sexual que no sea ridícula o torpe.
Porque el sexo es algo ridículo y torpe.
Bueno, el suyo, conmigo siempre es espectacular. Pero el punto es que cuando lees “su miembro
palpitante” tienes que tirar el libro a la basura. Quiero que las escenas sean
cachondas, pero para que lo sean el lector tiene que llenarlas. Es darles una habitación medio iluminada, en
la que ustedes deciden qué hay en la oscuridad.
Además, en la
novela, la relación con el sexo de los personajes, las relaciones sexuales que
tienen y el uso del sexo para manipular y dominar es clave. Por eso es
importante.
Así, vuelvo a Conan
Doyle y pienso: nada es “solo” un detalle: todo es un detalle, y un detalle es
todo.
Cada detalle es
importante en este proceso narrativo porque nada está al azar. Es para
algo.
Por último, quiero
hablar sobre cuál es la responsabilidad política de un autor. Esto es para mí lo más importante.
Toda literatura es
política.
Porque siempre que
das un mensaje, así sea sin darte cuenta, estás asumiendo posiciones. Los
autores tenemos que aceptar esa responsabilidad.
Los libros
románticos asumen posiciones políticas sobre el rol del hombre y la mujer,
sobre los papeles sexuales; los libros de detectives tienen posiciones
políticas sobre el delito y el papel de la autoridad, y por tanto los libros
del apocalipsis, de turbas furiosas, definitivamente las tienen también.
Porque una guerra
cataclísmica no es imposible, miremos solamente lo que pasa en Ucrania y su
potencial para que, por un pequeño error de cálculo, se convierta en una guerra
mundial.
Veamos lo que pasa
en Siria, lo que pasó en Kosovo, lo que pasa en la Franja de Gaza.
El apocalipsis
existe en todas las culturas y es real en algún sentido: de una u otra forma,
el mundo se acabará, así sea cuando se extinga el sol en millones de años.
Y sabemos que
existe una fragilidad en la sociedad.
Quienes vivimos el
terremoto del 85 en México y luego el de 2010 en Chile, conocemos esa desazón
tras la catástrofe.
Por unas horas o
por varios días, realmente sientes que el mundo como lo conoces ha
terminado. Sin agua, sin luz y sin internet.
Conocemos lo
saqueos y la vulnerabilidad, la fragilidad de nuestra sociedad. Y crea un
debate real: ¿sacas a los milicos a la calle? ¿Qué implica eso?¿Para defender a
quién: a la gente o a las grandes tiendas?
Que no nos esté
pasando, no significa que no nos pueda pasar.
Por eso hay un
compromiso político en esta novela: uno con la derrota de la violencia.
Porque aunque este es un libro que se revuelca en sangre, es también un llamado
a que tenemos la responsabilidad de cuidarnos unos a otros. Podemos pensar lo
que queramos, pero al final o nos ponemos de acuerdo o nos morimos todos. O nos
cuidamos, o nos destruimos.
Porque en este
mundo de capitalismo rapaz que hemos creado, nada es más revolucionario que la
generosidad.
martes, 11 de marzo de 2014
Entrevista en Chile Ajeno
EL MEXICANO ANDRÉS PASCOE Y EL FIN DE CHILE
Este es el país para una historia apocalíptica.Quizás
a muchos de los que hemos emigrado a Chile, alguna vez, nos haya pasado tal
idea por la cabeza. Estoy seguro que a más de alguno; sin embargo, nadie la
hubiera podido explicar mejor que Andrés Pascoe Rippey.
Entrevista en La Crónica de Hoy
Todo es rojo, la
reciente novela de Andrés Pascoe
Al hablar de muertos vivientes, se trata menos el tema de los monstruos, pues quienes resaltan son las personas. En las buenas películas de zombis, estos seres son tan solo el escenario para que los seres humanos se pongan de acuerdo en la supervivencia de su especie, aunque muchas veces se corrobora que los individuos son peores que los zombis, comenta Andrés Pascoe, a apropósito de su reciente novela psicotrónica Todo es rojo, que presenta mañana en Chile.
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